lunes, 16 de enero de 2012

VIAJE MENTAL

Hice hoy un viaje en la mente,
una embestida en el tiempo.

Me acerqué seguro a echar
un vistazo por mi pueblo.
Lo veía igual que antaño,
en soledad y pequeño,
con sus callejuelas calladas
entre aceras de cemento.

¿Quién no blande el azadón
de la infancia, de los juegos,
entre carreras de locos
tras queridos compañeros?
¿Quién no se ha mostrado a veces,
en aquella edad, travieso;
tensar unas largas trenzas,
enterrarlas en los dedos,
para quedarse en la mano
con un mechón de cabellos?

Hoy dirigí mis neuronas
hacia el blanco cementerio
donde se pudren aún
de mis mayores los huesos,
los que hacen envejecer
al mismo sepulturero;
los que reparten simientes
de cenizas bajo el suelo
y obligan mi alma a inclinarse
con añoranza y respeto
sobrevolando terruños
donde se cansan los vientos.


Es apabullante el sitio,
su lenguaje de silencio;
con un grillete en la lengua
me siento atado, indefenso,
entre habitantes sin vida,
escondidos y traspuestos.

Retorno por la alameda
de mi cerebro hasta el centro
donde descuella un cartel:
el de un joven zapatero
que jamás había visto,
con sus martillos y hierros.
Es el hijo de Jonás,
que lleva dos años muerto.

Le veo sentado en su banco
con un delantal mugriento;
sus manos ágiles, fuertes,
recortan suelas y cueros,
y desclavan un tacón
desgajado y con remiendos.

Marcho suspendido en andas,
en silencioso paseo.
Me siento perdido y ausente
con el tufo del incienso
que surge a flote, entre giros,
del antro oscuro del templo.

Me afano por descifrar
las lápidas del recuerdo,
los ojos poniendo nombres
a las calles en mi pecho.

Hoy dejé una imagen nítida
de estrella errante en mi pueblo.


Antonio Macías Luna
Lautaro (Chile)

LOS TRENES DE LA ANGUSTIA

¿Quién podría bajarse de un convoy
que parte y no regresa?
¿Quién podría encontrar un apeadero
que rompe el esternón?

Qué difícil parar
los trenes de la angustia,
que usan la fuerza del vapor
para cauterizar operaciones
quirúrgicas en vano,
para cerrar suturas que no cosen.

“Avanzo y retrocedo. Avanzo y retrocedo”,
nos anuncian las bielas de la máquina.
Su caldera de llanto y de dolor
arde en la terminal del corazón.

Antonio Macías Luna
Lautaro (Chile)

SURCOS Y ENCINAS

Los campos resplandecen.
Respiran los collados
al aliento del sol,
al soplo de la tarde;
viento suave que besa unos barbechos,
barbechos al desnudo, en cueros vivos;
reflejos de espejismos
que sudan a lo lejos.

Los campos muestran lagos
de plástico, cristales gigantescos
que recubren los huertos,
que cabalgan a lomos de unos surcos;
surcos que apuntan hacia un solo punto;
trazos que extienden hacia el infinito
sus anhelos en rojo.

Sube la carretera,
sube mirando al cielo.
La carretera trepa por la sierra,
va presintiendo olores de encinares,
va persiguiendo su veloz anhelo
quebrando las dehesas.

La carretera continúa arriba
y llega al fin de su camino gris,
y acaricia las lomas;
lomas con redondeces que soportan,
que amorosas sustentan
unas encinas jóvenes.
Fornidos tallos, palos las encumbran
con remates frondosos
de hojas, bellotas, cofias
sobre unas matas sucias,
sobre unas jaras blancas.

Es el final del viaje
de los pacientes surcos.
Las saetas alcanzan su destino
en olores de monte,
en chirriar de chicharras.

Flechas inofensivas y rastreras
les ocultan los pies a la arboleda
en una tarde cálida de abril
junto a la carretera,
junto a mí.

Antonio Macías Luna
                            Castilblanco de los Arroyos (Sevilla)

DÍAS Y NOCHES

Alboradas y tinieblas
me siguen para siempre,
me siguen empeñadas en una lucha
entre el sol y la luna,
entre el cielo y el mar.

De día vuelo bajo
para mirar cercanos los cerros alumbrados,
el mundo incandescente.
Arriba veo el cosmos,
encendido en la antorcha del Olimpo.

De noche vuelo alto
para observar lejanos los brillos anodinos,
las luces inventadas.
Abajo veo pespuntes,
caminos remendados con hilo de farolas.                                                                         

Antonio Macías Luna
                     Villa Alemana (Chile)

SOY UN LOCO

Despojos de la anímica locura
forman mi epílogo de fantasías.
Dando las gracias, quiero cabalgar
con las últimas lanzas de la vida.

Con los oídos en la voz del vulgo
y enamorado del versal aliento,
en armoniosa música enfrascado
sigo los pasos de otros que se fueron.

Mis piernas son columnas que resbalan
sobre la húmeda losa de los mármoles,
reliquias que en la tumba de los años
mañana yacerán con los cadáveres.

Soy un loco que vaga en armadura.
Soy espíritu asiéndome a dos lanzas,
asegurado a un par de manecillas:
una que duerme mientras la otra danza.                                                                           

Antonio Macías Luna
Villa Alemana (Chile)

¿DÓNDE ESTÁN ESOS OJOS?

¿Dónde están esos ojos que se escapan,
dónde andan sus fulgores?
Ya no arden para mí, se han ido lejos,
extintos en negror como carbones.

Con el alma negándose al olvido
entre nosotros no se elevan montes,
entre nosotros hay una llanura
con un palio de soles,
de claveles, de lirios, de amapolas,
que le entregan al viento sus colores.

Se encarcela tu voz
entre muros sin bosques,
entre piedras alzadas
que se rebelan contra el horizonte,
al ocaso y al orto,
para que un caudal brote
entre nosotros: la vertiente limpia
de nuestros corazones.

Y sigo preguntándome
dónde estarán tus ojos, dime dónde.

“Viajaron a perderse en un lucero,
esa estrella que hace que tú robes
el jugo de mi esencia
cuando sin ser planeta hacia mí corres”.

Ahora los estoy viendo, están cerca,
quemándose en amor como tizones.

      Antonio Macías Luna
                                                                   Lautaro (Chile)

EL TREN NOCTURNO DE LAUTARO

                                    De madrugada cruza por Lautaro
                                    un diablo oscuro en gélidos raíles,
                                    que asustaría al Toqui con febriles
                                    gritos y su ojo de potente faro.
Suenan con resonancia de disparo
los vagones del tren; con sus perfiles
siniestros corren locos y cerriles
mientras que al cielo piden paz y amparo
los protegidos de la noche en calma,
ante un insomnio que les rompe el alma.
Cuando el ferrocarril de los infiernos
dobla hilera de impávidos durmientes,
los vecinos, sufridos y pacientes,
velan al son de trepidantes pernos.
   Antonio Macías Luna                                                                                                    Lautaro (Chile)

VIAJE POR NEUQUÉN

Hoy ingresé a Neuquén, páramo en Argentina.
Detrás dejé araucarias y pinares frondosos.

Hoy descubrí un semblante de tierra sin narices,
callado recorrido por betún en reposo;
por una carretera, símil de pista aérea
entre cerrillos bajos de terruños en polvo.

Hoy vi ovejas cansadas que morían por agua,
donde el batitú silba al planeo del cóndor;
por donde se desplazan unas reses cansinas
rastreando tras el gaucho su nutritivo apoyo.
Los pulmones vacíos se tragan aire ardiendo
destronado a la fuerza por desabrido soplo.

Las ruedas de mi coche, deslucidas por horas,
van trazando roderas en deleznable rostro,
en cerros maltratados por la carencia de lluvia,
donde trazan las sendas un dibujo monótono.

Llega el paseo errático de estrellas incipientes,
que hunden las mías fijas en matorrales hoscos.
Mis dos viajeras nómadas reman a ras, a oscuras,
por un Neuquén salvaje, por un camino inhóspito.
En la noche nacida resuelvo dar la vuelta,
de regreso hacia el Chile quebrado y montañoso.

Digo adiós a Argentina mientras cruzo la linde.
Detrás dejo Neuquén con salitre en los ojos.

                        Antonio Macías Luna
                       Zapala (Neuquén, Argentina)

DE MENDOZA A SAN LUIS

De Mendoza a San Luís, vasta Argentina,
las jarillas en polvo se agazapan.
Mis ojos incansables las atrapan
siguiendo una silueta en punta fina:

tizona de alquitrán echada en tierra,
que se desliza hasta la lontananza.
Su hoja desenvainada recta avanza
sin encontrar obstáculos ni sierra.

En la plana atonía de mi viaje,
sin reserva a tu embrujo me sustraje:
un soplo que se empeña en envolverme.

Tu majestad fascinadora e inerme
ordena desde el trono del paisaje:
“Prosigue para no dejar de verme”.


               Antonio Macías Luna
                                                Mendoza (Argentina)

DE TEMUCO A LAUTARO

Hace un día agradable, como dice cualquiera.
Cae la tarde en Temuco,
en el cerro Ñielol.
Duermen sus esmeraldas entre verdes
de frío lapislázuli.
Se está poniendo el sol.
La tarde se defiende
con un dorsal de primavera tibia.
Se mueren, saturados de color,
árboles y veredas,
paseos y avenidas.
Tarde a la defensiva.

Se escucha una aplastante voz:
"¡Maní, calientito* el maní!"
Se escuchan olas de lenguaje ronco,
los engranajes de motores locos;
ruedas apresuradas por llegar.

En una micro desde Balmaceda,
viajando hacia Lautaro,
voy flotando entre nubes de viajeros,
entre ocultas miradas que crepitan lejanas
buscando el fin de un viaje rutinario.
Todos van desplazándose tras un solo destino,
como si caminasen despacio entre paredes,
bajo un ruido infernal que los mantiene en vela.

Batiendo alas se alejan unos pájaros
en enredado vuelo.
La micro corre y corre con sus chapas
rozando la cornisa de los cielos.


Dícese así en Chile el diminutivo de caliente

Antonio Macías Luna
Lautaro (Chile)

UN SOLITARIO NOCTURNO

Nadie quiere saber de nada y nadie.
Nadie quiere saber que hay más de un auto
barrigudo en la calle,
cautos carros metálicos de ruedas,
listos para el combate en carretera.
Yo sé que hay miles de autos,
y al menos cien en la calle que aplasto.

Se esconden en las zarzas de la noche
corazas y  ventanales,
desperdigados para espiarme el paso.
Algunos trazan líneas de destellos
con cuerpos de pupilas alargadas.
Mostrándose de lleno ante los ojos,
retan al arcabuz de mi mirada,
sacudida por ráfagas de luces
cuyo fugaz castigo me sacude.

Sigo por mi camino sin girar la cabeza,
escudado en mi abrigo,
bajo la lluvia fría por pereza,
que acaricia el metal de tantos trastos
y unos pies enclaustrados en zapatos.

Vean a un solitario que pasea,
un alpinista trepa esta avenida
por losas de optimista pesimismo,
junto a lagunas de aguaceros,
las aguas turbias de este baptisterio.

Vean a uno que marcha,
uno más que se adentra sorteando
estalagmitas de farolas,
con una mano atada a un cigarrillo,
con la otra sumergida en un bolsillo.

Mi nada no es de nadie,
es de la noche aletargada;
es de ese todo que me traga entero.
No sé nada de nada.
Sólo sé que entre tanta chapa negra
uno se esfuma y fuma…

            Antonio Macías Luna,
            V. Alemana (Chile)

ENTRE ANDENES

Un autobús araña bajo nubes
un andén grasiento en cemento armado;
un torbellino de motor y ruedas
se mueve en chapas trémulas de espanto.
Al arrancar, se rasca el parabrisas
y sofoca el prurito de un chubasco.
Escupe el rostro de la terminal
cataratas de húmedos parásitos.

Nadie se vuelve atrás, nadie se queja.
Todos se acercan al duro rellano
que soporta en su dorso al lento vehículo.
El tiempo ardiendo huye de las manos
como litros quemados de gasoil,
el detritus de un barco.

Dos motores se ponen a temblar,
hay armonía musical entre ambos.
Un tercero se afina con los dos
en un coro políglota de claxons.

Tres buses, con su flete de carnaza,
doblegan los penosos guardabarros.
Se calientan camisas de cilindros
y aúllan las palancas de los cambios.

Así se estrena un circo en los andenes,
sacando al escenario a los payasos;
roncos actores listos para actuar
sin ganas, lentos, a la fuerza, al salto.

Antonio Macías Luna,
Santiago de Chile

MI AMIGO EL NÚMERO TRES

Humeantes chimeneas me van dando de lado.
Se marchan al destierro tres casonas;
Ya se embriaga la noche en lobreguez.
Se vino abajo el resplandor del aire;
se vino abajo el fogarín de sol.

Ya alumbran tres estrellas
mi castillo nocturno sin princesa.
Bosques deshabitados buscan duendes
como yo desahuciados;
como yo sin un ángel de las hadas.

Observo en un jardín tres bancos viejos:
uno sin palos, dos pintando barro.
El más débil se junta a una palmera;
cuelgan tres patas rotas de un cadalso.

“Arbolea” un sabueso.
El can iza una pata,
las otras tres se fijan al terreno.
Saborea fumarolas de autos locos.

Me desespero ante un súbito chubasco;
en el rostro se me hincan alfileres.
Se hace fuerte la lluvia en tres corazas:
un suelo de jardín,
un pelo de canela,
un jersey de franela.

Antonio Macías Luna
En viaje Santiago - Lautaro (Chile)

SOLITARIO EN LA CIUDAD

                                            La ciudad se transforma
                                            en un poblado seco.
                                            La gente se desliza,
                                            impulsada por vehículos sin frenos
                                            mientras otros se enfrentan a la sed
usando guantes vítreos de refrescos.

La gran urbe, magnífica,
es cada vez mayor, un esperpento
que en el caos rutinario
se desmorona por su propio peso,
por su propia canalla
a través de avenidas y paseos.

La otra ciudad, la mía,
la que me arde por dentro,
la que mueve el motor del corazón,
es la que sin parásitos externos
atesora mis rítmicos latidos
sin parar un momento.

Se comprimen las suelas al pisar,
van dejando detrás huellas de sueños,
fantasmas en esquinas,
agazapados en pequeños huecos,
pistas que se deshacen en betún,
en un escudo negro,
rastros sucios que todos olvidamos
en cuanto los perdemos.

Me precede una ola de colores
que arrastra y mece boyas de sombreros.
Son aves migratorias
siguiendo un mismo vuelo
sobre las azoteas del gentío,
con el tañido insulso de los vientos
junto al cemento armado,
con el loco rugir de unos barrenos.

Soy una de esas prendas de cabeza,
que asan calvas y pelos.
Soy la paleta de un pintor errante
que entre farolas de fundido hierro
plasma su caminar
con pinceles añejos;
de conteras forradas
por un gastado y deslucido cuero.

        Antonio Macías Luna
        Lautaro (Chile)

VIAJERO INFATIGABLE

Estoy feliz, rodeado de maletas, 
para algunos, abrumado por inutilidades.
Voy viajando en tercera
de una estación a otra;
de un pueblo que se duerme a otro que se despierta.
Voy forjando mi carácter de viajero andante
a lomo de maletas,
sobre sucios andenes con sarampión de grasa,
sobre neumáticos caldeados por un hogar de asfalto
con la tartamudez de unas frenadas.
Estoy forrado por el cuero de los equipajes,
sarcófagos con aroma de ropa sin cuerpo.

Mapas, anuncios, horarios, destinos;
sigiloso lenguaje que contrasta con el chirrido de los altavoces.
Maletas, equipajes, compañeros inseparables
son mis manos, mi cuerpo y mis pies;
pesadas moles que se dejan arrastrar detrás de mi.

Me gusta ver la luz débil de una ampolleta*
lamiendo mis zapatos.
Me gusta oír las voces demacradas
clamando mis destinos.
Me gusta ver la luz del nuevo día
cuando bostezan los terneros,
cuando la lana de la oveja se recubre de escarcha.

Voy siguiendo unas sendas,
rastros que dejan otros equipajes
sobre los suelos de concreto.
Odio pararme en un lugar fijo,
esperar que una voz, la de algún guía,
me señale el camino,
un sendero que es mío, que conozco,
que nadie lo dibuja para mí.


Deseo seguir siendo el nómada incansable
con mi vestuario en una mano,
con mi pasaje nuevo en la otra,
rodeado de esperanzas.


Rodeado de deseos,
me traslado en la niebla de un mundo a otro
mientras la noche viaja
dejando a mi cuidado su aliento de misterios,
su eternidad de oscuridades,
su maleta de negro.




* Dícese en Chile de lámpara o bombilla eléctrica


Antonio Macías Luna
Lautaro (Chile)

MI VUELO RÁPIDO Y RASANTE

Mi vuelo hoy es rápido y rasante.
Me gusta, me entretengo en observar
las calles y avenidas de ciudades,
canales que vacían en la mar.

Sus redes hacen como que se van
y se enredan perdidas entre fauces;
en nubes de corales relucientes,
eclipses del tiempo y navegantes.

Multicolores vehículos profanan
asfaltos muertos, hilos retorcidos;
venas cruzando brazos de hormigón
van y regresan al mismo sitio.

Mis alas no me obedecían antes
sin fuerzas, agitándose cansadas,
para caer de nuevo entre los nidos
de adelfas, en las márgenes y charcas.

Y al horizonte sigo con mi viaje.
El océano deja de ser mancha
azul y se convierte en un mosaico,
en tejados con canaletas blancas.

Mi vuelo es incansable y embravecido.
Mis ojos se aguan devorando pistas
sobre las desgarradas telarañas
que forman las callejas de la vida.

         Antonio Macías Luna
         Lautaro (Chile)

COMPAÑERA DE VIAJE

       I

Incansable volaba el autobús.
Se explayaba mi vista sobre montes
en moribunda luz;
en la marea de onduladas cumbres,
mis ojos delineaban horizontes
encrespados de lumbres
que, en tembloroso juego,
ardían contra el brillo del ocaso
con impotente fuego.
Vuelta de espaldas súbito la vi,
sentada a pocos metros de distancia.
Su ademán era quieto
contra el celaje en tenue carmesí;
su actitud inspirabame respeto;  irradiaba elegancia
el tono de su pelo rubicundo.
¡Qué virginal belleza!
Sus anillos dorados,
desordenado mundo,
luchaban por huir de su cabeza;
sueltos y rítmicos enmadejados
de seda le caían por los hombros.
En la modorra insulsa
de mi cómodo asiento
ensoñé cómo, en volantín convulsa,
su cabellera combatía al viento.
Complacido pensé: “Melena de oro,
considerable tesoro
de hilos, distingue a la mujer hermosa”.

En el rúbeo paisaje,
tras el cristal sepulta,
permanecía su mirada oculta,
fija en los árboles de oscuro anclaje.
Quedaban invisibles sus facciones,
veladas a la luz de mis sentidos,
que ansiaban ver sus atractivos dones,
prebenda de elegidos.
Pendiente de ella, labrantíos rojos
me reclamaban tras la ventanilla.
Iban, milla tras milla,

albergando mis ojos
éxtasis puro y muda admiración,
sin ver otro autocar ni otra estación.

                       II
Lo que intuí barbilla sin igual,
de improviso, giró hacia la derecha,
se tomó en pico de halcón que acecha.
Vi el rostro dueño del feliz cendal:
lucía una frente abovedada en arco
como la proa de un barco,
que nace en curva de invertida quilla.
Vi el soñado semblante de la diosa;
sus labios de morcilla
preguntaron con voz estropajosa
baso un picudo narigón de urraca:
--¿Sabe si está lejos
San Blas de Castillejos?
”¿Es posible, Señor? ¡Mi asombro aplaca!”
Humos negros cruzaron por mi mente,
se unieron al paisaje.
Yo le repuse distraídamente
y me centré en el viaje.
Antonio Macías Luna
Castilblanco de los Arroyos (Sevilla, España)

CERCA DE MÍ SE AGOLPAN

Cerca de mí se agolpan cuerpos lacios
detrás de asientos y me dan los dorsos
mientras viajo, sumido entre cabezas
de pesado acomodo.
Me veo navegando por los mundos
de un universo anónimo
con escasos colores,
territorio común del cuerdo y loco.

Sin reparar en mí,
todos llevan su máscara en el rostro;
el sol les avasalla los cabellos
entre valles angostos.
Algunos hablan sin parar, no duermo,
y me distraen del fugaz entorno.

Me chifla el sonrosado de las calvas,
sembradas de rastrojos;
yermas y sin cultivos,
con brotes de tolondros.
Vítores a las mentes, torpes y ágiles,
que habitan esos cocos*.

         Antonio Macías Luna
         Castilblanco, 21 de octubre de 2001


* Frutos del cocotero,
aquí metáfora para el término “cabezas”.

SEQUÍA

En el verdor del suelo se entrecruza
el ganado por cerros saltarines;
saltimbanquis de la obra del Creador
en el candente circo de la tierra.

No llueve, se mantiene el campo ronco;
idóneo para sueños de animales.
No llega el agua para las sedientas
vaquillas, espoletas para el hambre.

Se acumulan mugidos como llantos,
entre los que pezuñas aplastantes
se desplazan despacio, con temor;
con lentitud como si sumergiesen

tallos de hierba en el fatal calor
del infierno, sepulto en un paisaje
donde se curvan lomos sin pelaje,
para los que la lluvia es tentación.

            Antonio Macías Luna
            Lautaro (Chile), 5 de marzo de 2009

MI PALABRA

Mi palabra,
a menudo me pregunto,
¿dónde está?
Partió tal vez con otras,
otras que gritan fuerte;
otras que atacan ríos y vertientes,
oteros y montañas.

Mi palabra, no obstante,
no es saeta de plomo para matar al viento.
Para ella no sirve ese metal:
escultor de la muerte tallada a la ofensiva,
enemigo del cuerpo atrincherado.

La palabra genuina,
¿dónde está?
Santabárbara con la mecha a punto
aguarda en la cercana lejanía;
prende tan cerca que desde mí busca
sentencias entre líneas:
los balbuceos de mi mano ingenua,
un arsenal de tinta en carne viva.

Mi palabra
canta por las llanuras y cañadas,
cincela huellas indelebles y hondas;
sueña bordando ecos
lejos, lejos, tan lejos...



                                 Antonio Macías Luna
                                                            V. Alemana (Chile), 13 setiembre 2009

MIS OJOS SE PASEAN

Mis ojos se pasean
por un edén de campos.
Voy ligando amarillo, azul y verde
esmeralda en los llanos.

Vibran ondulaciones encrespadas,
que con despliegues diáfanos
se extienden como velas a los vientos,
pulcramente rizados,
y vacían la plata de unas aguas
en confines lejanos.

Tras un retén de nuevos olivillos
surge el semblante lívido de un lago.
Es un cielo incrustándose en la tierra,
no tan lisos ni claros;
un veterano ejército de surcos
con guerreras de plástico.

                                                Antonio Macías Luna
                                                                Lautaro (Chile), 4 de febrero de 2005

JUNTO A LA CARRETERA

Junto a la carretera
Voy por un llano hermoso donde pacen las vacas,
Donde se enseñorea majestuoso el vacuno.
Una planicie bajo verdes agrios,
Monótonos y fríos,
Que sirven de peana
A un cuerpo de ballena echado en lontananza,
Una franja aterida de violeta acerado.

Voy soñando ilusiones por el campo,
con nieves en un lecho
Destellando en las cumbres despiertas de los cielos.
Voy afilando agujas de unas ramas;
De árboles que parecen los cipreses
De un cementerio liso,
Sin sepulcros, sin losas, sin panteones,
Cuyos únicos ángeles bronceados
Son las hambrientas vacas.

                                      Antonio Macías Luna

ALGODONAL

Una zanja, fosa abierta
a golpe bestial de arado,
mira su propio sepulcro
a los pies del camposanto.

La primavera agotada
ha recubierto el sembrado,
y el cielo obliga a la tierra
a esperar lluvias en vano;
la condena a sol y viento,
a hacer de lecho áspero.

Han dejado unas palomas
puntos quietos en los campos:
copos brillantes de nieve
en matas de verde agrio.

Unos tiesos eucaliptos
corean con verde llanto
un extenso algodonal
que tiende al cielo sus brazos.

Antonio Macías Luna
Castilblanco (España), 11/10/1999

UN POSTE Y OTRO POSTE

Un poste y otro poste se persiguen
ante la ventanilla, en lontananza.
Viajan rápidos, lentos,
entre cruces extrañas;
enderezan los brazos
y tiran cables que jamás me alcanzan.

         Antonio Macías Luna
         Lautaro (Chile), 3 de marzo de 2006

GRANIZADA

El cielo gris se desató furioso,
se le rompió el collar;
sus cuentas centelleantes,
cual duro pedernal,
acribaban la tierra
herida sin cesar.
Aplacada su furia,
cesó la tempestad;
los negros nubarrones van abriendo,
retorna el sol audaz.

         Antonio Macías Luna
         Castilblanco (España), 18 de enero de 1999

UN TREN Y UN COCHE

Corre un tren como un túnel sin montaña.
En fila, en paralelo,
un coche negro corre a todo gas.
Hierro y asfalto corren
parados, compañeros.
La cordillera al pairo se mantiene,
prudente como yo, que miro desde lejos.

Los vagones avanzan como si fuesen uno.
¡Cómo se esfuerza el vehículo
arrastrando su túnica de luto!
Avanzan cuatro mundos de neumáticos.
Innumerables mundos metálicos se atrasan.
Se estira mi visión. El tren converge con el coche.

Se unen hierro y asfalto, frío y calor.
Quizá salte una llama*
sobre el fondo azulado de la sierra.

De pronto los dos móviles son puntos diferentes.
La montaña los une en un punto de añil.

Antonio Macías Luna
Lautaro (Chile), 23 de abril de 2005


* llama, animal camélido de América del Sur

domingo, 15 de enero de 2012

LA CARRETERA

Entre eriales, por campos rompe brecha
un estilete antes que lo acaricie
un tempranero sol, cuando se inicie
la alborada con luz de floja mecha.

La carretera zigzaguea estrecha,
pinta de azogue la espacial planicie;
se estira su alargada superficie
bajo el verano, lánguida y maltrecha.

En constante arrastrar por el asfalto
la serpiente de brea se retuerce.
Por vericueto en tremulante salto

la carretera busca un amplio tul,
empuje de aguerrida lanza ejerce
el gris ariete contra el cielo azul.

                Antonio Macías Luna 
 Castilblanco, 18 de enero de 2000                                                                                                                             

EL ESTANDARTE DE MI VERDAD

Siempre marcho portando un estandarte.
Como un telón flagela
al aire intimidado en su carrera.
Sus temblones pliegues de arabescos
se agita en creciente repeluzno
por el calor que enseña su divisa.

Siempre camino con bandera erguida,
un bastión que no toca nunca el suelo;
un pincel que resalta mi silueta.
Prosigo sin desmayo hacia delante,
contra la rosa fija de los vientos,
sin que el palo que llevo se doblegue
a los cambios sutiles que lo envuelven,
a las verdades disecadas de otros.

No dejaré de alzar
lo que mi corazón se empeñe en darme.
Siempre estaré dispuesto a ser soldado
contra la mente deformada de otros.

Siempre estaré dispuesto a combatir,
a vendimiar sudor
por la culta expresión de mi verdad.

                  Antonio Macías Luna
                  Quintero (Chile); 3 de enero de 2007

BUSCANDO LAS LINDERAS DE UNOS CERROS

Buscando las linderas de unos cerros,
las luces fugitivas se me escapan.
Las casas me reflejan, mientras viajo,
ojos llenos de lágrimas de escarcha.

Los tejados me miran con jaramagos frágiles,
con pétalos que tiemblan al viento inmerso en hielo
sobre aleros que el tiempo desbarata.
Percibo con mi dial de sintonía fina
los terruños que quedan rezagados,
cautivos de vallados carceleros,
donde humea el vacuno con el heno
que le llega a los ojos,
que se clava en sus órbitas de hulla.

Un volcán duerme con el cráter ronco
de toser tanto durante otro siglo
y me da unos resuellos sulfurosos.
La carretera ofrece con su betún
un vómito abismal de longitudes.
Miro por el espejo
y avivo mi volcán con fuego de unas cuitas,
envueltas en el humo de un cigarro.

Mi espíritu se cubre con un rostro
que le presenta el monte de un encuentro.
Musito adiós con un suspiro suave,
dejo escapar un céfiro de aliento.

Antonio Macías Luna
Lautaro (Chile), 29 de marzo de 2005

VIAJE EN AUTOBÚS

De aburrido barniz
mate se pinta el pavimento liso
de la autovía en dos extensas franjas.
Se demarcan arcenes,
abren brechas entre campos de naranjas.
Los cabellos tiritan
de aburridos viajeros que dormitan
entre suaves vaivenes.
Van desplazando un olivar estelas
de eucaliptos airosos, verdes cuñas
se suceden en filas paralelas
y clavan en el cielo enhiestas uñas.

A un lado rápidas adelfas pasan
y la mediana encumbran hasta un alto
con gran pomposidad.
Rayas continuas, discontinuas trazan
costuras de amarillo en el asfalto;
se hilvanan hasta entrar en la ciudad.

         Antonio Macías Luna
         Castilblanco, 19 de agosto de 2000

A LA CATEDRAL DE CÁDIZ

Sobre la Tacita de Plata
aguanta firme, catedral.
Eres su único pedestal
cuando el temporal se desata.

No te duermas, no te amodorres.
Las sirenas, al susurrar,
airado alborotan al mar
mientras muerde el tiempo tus torres.

Desde la plaza de las Flores
se empalagan piedras robustas,
y en tus callejuelas vetustas
perviven marinos olores.

Desde un castillo te escudriña
prendándose de ti, amorosa,
la Caleta larga y ociosa:
brazo del barrio de la Viña.

De piedra amarga con sal eres
bajo el prado limpio del cielo.
Te tocas con un fino velo
que cobija a bellas mujeres.

Tu cúpula, tu áurea bola,
en el agua azul cabrillea
y con el sol brava pelea
por ser corazón de la ola.

         Antonio Macías Luna
         Castilblanco (España), 15/12/1998

DESFILADERO DE DESPEÑAPERROS

Despeñaperros de hirientes
cortes, de aristas que caen
en fantasiosas pendientes
y la mirada sustraen.

Eres inhóspita tierra
plagada de uñas de rocas,
cantiles que por la sierra
perfilan enormes bocas.

Calcina el sol, deja ciegas,
con pesados resplandores,
viñas próximas, manchegas,
que a vino mandan olores.

Consigo ver desde un alto
filas de rayas, señales
pintadas en el asfalto
al filo de pedregales.

Entre ellas el autobús
enfilando carretera,
escapando de la luz
abrasadora, se esmera
en adentrarse en la umbría,
en toparse con cuchillos
de afiladas sombras, fría
galena exenta de brillos.
Las descomunales dagas
se enderezan persistentes,
se entrecruzan con aulagas
en laderas y vertientes.

Asoman riscos, puñales
que, del celeste llovidos,
abruman como cristales
resquebrajados y buidos.
Una casona a lo lejos,
especie de ratonera,
me manda en guiños reflejos
que cuelgan de una ladera.

Aquí me deleita el alma
toda piedra fea y ruda,
enclaustrada con la calma
de muerte que me saluda.

El trayecto me condena
a dejar tus olivares,
pero se aplaca la pena
al evocar unos mares,
borrascas de grandes olas
y nevisca en cordilleras.
Se desayunan a solas
mis neuronas viajeras.

El contraste en mi ser crece
marchando a tierra extranjera
entre tu sol, que me cuece,
y el frío austral que me espera.
Ya lo ves, preparé el viaje.
No desperdicio ocasión
para llevar de equipaje
al verso en el corazón.

Adiós, escondidos cerros
de achaparrada figura.
Adiós, oh, Despeñaperros
de musculosa estatura.

                                           Antonio Macías Luna